11 abril 2012

Contrastes

Cuando uno sale en la mañana, la congestión vehícular te da tiempo -quiéraslo o no- de observar a tu alrededor. En general, si uno no va en estado de semi-vigilia, se encuentra con muchas situaciones, cotidianas y no tanto... La madre o padre que va a dejar los hijos al colegio. El universitario urgido por llegar a clases. El trabajador que parte somnoliento a enfrentar otra jornada laboral. Parejas, personas solas, familias, amigos compartiendo autos... Jóvenes, viejos, niños... Gente feliz, gente enojada, y mucha gente con sueño.
 
Hoy en particular, cuando iba camino a la universidad, en el auto de al lado iba una pareja discutiendo. Y de repente el tipo le pegó un manotazo a su mujer. Yo no lo estaba mirando en ese momento, pero sí mi madre. Después la mujer sollozaba y gesticulaba como dando explicaciones. El tipo luego de golpearla miró para todos lados a ver si alguien lo había visto. Como efectivamente mi madre lo estaba mirando, se hizo el loco, empezó a manejar más lento, y se quedó rezagado. Al menos es capaz de comprender que hay vergüenza en sus actos, aunque eso no compensa su canallada ni por si acaso.
 
Por otro lado, también nos tocaron de "vecinos de taco" una pareja joven. En los semáforos y en las detenciones se daban pequeños besos llenos de ternura, y el resto del tiempo conversaban animadamente. So sweet. Y qué realidades tan opuestas (por no decir "mundos opuestos"; no quiero hacer aluciones a ese reality que todos parecen estar viendo menos yo).
 
¿Cómo se tuercen las cosas de esa manera? ¿Cómo se llega a estar en un auto, a que tu pareja ya te golpee casi por reflejo y tu reacción sea lamentarte y dar explicaciones, en vez de agarrar tus cosas y pegarle un portazo que le desarme el auto? Yo sé que el carácter de los abusadores hace un trabajo de joyería con la auto-estima de esas pobres mujeres. Que las manejan con su propio sentido de culpa, logrando que ellas hasta lleguen a considerar que lo merecen. Que los justifican y los perdonan una y otra vez.
 
Me recuerda una pareja que conocí una vez, hace muchos años atrás. Eran prácticamente unos niños. Y como niños jugaban: jugaban a pegarse cachetadas. Algo así como "¡tonto! ¡paf!", "¡oooyeee! ¡paf!", "¡no me pegues! ¡paf!", "¿y cómo tú? ¡paf!". Recuerdo que mi pensamiento irónico fue del tipo de que iban súper bien encaminados... eventualmente esos "paf" dejan de ser un juego, y se devuelven con pica y rabia, y entonces se transforman en un "PAF" y en un "PUNCH" y a veces hasta en "BANG".
 
Y me pregunto porqué esas mujeres no se dan cuenta que podrían tener lo del segundo auto en vez de lo del primero. Cierto que no es fácil de encontrar. Pero prefiero ir sola que con el primer tipo. Claro que soy de las afortunadas que tienen un hombre maravilloso al lado. Uno de esos que tengo la certeza que no sería capaz de levantarme la mano y al que pretendo poder besar y amar en cada taco, semáforo, carretera y camino de tierra por el que nos toque transitar.

19 marzo 2012

Lucky I'm in love with my best friend

El corazón es bien extraño y voluntarioso. Uno puede tener todas las razones del mundo para enamorarse de alguien, y sin embargo, el corazón se empecina en rehusarse a "querer". Por otro lado, uno puede tener todas las razones del mundo para requerir arrancar de alguien, y el corazón se aferra a sus sentimientos como si fueran un salvavidas. A mí en general me pasa más lo primero que lo segundo. La verdad tengo un corazón bastante desapegado, lo que hace que mi razón domine en el 90% de las ocasiones. Para el otro 10%, sucede que por mucho que trate de negociar conmigo misma simplemente no se llega a acuerdo.
Hace casi 7 años conocí a un hombre maravilloso. Inteligente, guapo, dulce, que me hace reír y me conoce como nadie. Un hombre con quien puedo ser yo misma a pesar de todas mis rarezas, mis mañas, mis incongruencias y mis absurdos. Un hombre que me quiso y que me ama. Un hombre que me hace feliz. Un hombre que es mi mejor amigo. Y un hombre al que por años "friendzoneé" a pesar de saber - en términos intelectuales - que estar juntos sería simplemente perfecto. Y por alguna razón mi corazón se negaba a aceptar las evidencias. Y lo hice sufrir, y me hice sufrir por saber que lo dañaba, y aun así, no lograba convencer a este corazón testarudo...
Mi querida amiga Lola opina que nos faltaba pasar más tiempo juntos. Es cierto que nos veíamos poco. Pero a pesar de eso hemos mantenido una amistad tan cercana que practicamente no se nota que a veces nos veíamos tan sólo un par de veces al año. Agradezco a las maravillas de la modernidad que permitían que por temporadas habláramos prácticamente todos los días. Recuerdo una época en que mi día no estaba completo si no lograba conversar con él aunque fuera un momento. Pero entonces mi corazón me forzó a hacerle daño y eso inevitablemente nos apartó un poco, y esas conversaciones que eran una parte fundamental de mi día se transformaron en un evento un tanto más esporádico, aunque no por ello menos necesario. Pero yo sabía que era necesario: darle su espacio, que se curaran sus heridas, y también para evitar mi nudo en la garganta... ese que se producía por mi imposibilidad de decir que sí...
Evidentemente el tiempo no se detuvo. Él conoció a alguien más, se olvidó de mí, y logramos mantener la amistad. Yo también tuve otras relaciones. Pero él permaneció siempre como una constante en mi vida. Mi mejor amigo... Y entonces hace algunos meses su relación se acabó, yo también estaba soltera, y por alguna conjunción de astros se me ocurrió invitarlo a la playa con un grupo de amigos por el fin de semana. Juro que no había doble intención. Sólo pasar un poco de tiempo, compartir, y reírnos, que es algo que hacemos con frecuencia... Pero ahí fue cuando todo cambió: algo hizo click y de repente el corazón decidió entrar en razón sin ninguna razón en particular y por todas las razones... De repente las piezas encajaron en su lugar y me encontré con que el hombre que tenía al lado era todo lo que quería... Que hacer nada junto a él era infinitamente mejor que hacer cualquier cosa sola o con alguien más. Que con él "estar" era suficiente. Por un lado me dieron ganas de decirle a mi corazón "you don't say?"...
Empezamos a juntarnos más, empezamos a pasar más tiempo juntos y poco tiempo después, empezamos a pololear. Hay gente que por alguna razón se cree con derecho a opinar, y ha expresado que es "muy pronto". Hay gente que bien podría hacer con sus opiniones alguna cosa obscena también... No entienden que ya se ha perdido demasiado tiempo en que podríamos haber sido felices. Y que yo sepa, no existe ninguna norma que especifique el tiempo de "luto" entre relaciones, sino que cada uno toma decisiones de acuerdo a sus propias circunstancias...
Soy feliz, a pesar de tener que lidiar con una relación a distancia. Soy feliz y me siento afortunada. Soy feliz y sueño despierta con un futuro en que le creo cuando dice que lo mejor está por venir...

16 febrero 2012

Sobre Clases, Universidades, Prestigio y Prejuicios

En mi opinión, en Chile existe un gran mito acerca de las universidades privadas. Y ese mito genera una serie de prejuicios con los que estoy en profundo desacuerdo. Y es cierto que más de alguno podría alegar conflicto de intereses en esa opinión, porque es cierto, me eduqué en una universidad privada. Dos de ellas para ser exactos. Tres, si contamos el diplomado. Y además, hago clases en una de ellas. Y, a pesar de toda esta "mediocre educación", como algunos podrían considerar, soy una profesional muy bien calificada, trabajo en un lugar de prestigio, tengo un curriculum que más de alguno ha calificado de impresionante (sin falsa modestia) y creo que no tengo nada que envidiarle a los hijos de "escuelas tradicionales". Life is good.
No desconozco que la tradición tiene cierto peso. Se supone que llevan más tiempo haciendo las cosas, y que saben hacerlas medianamente bien. Pero a estas alturas, donde ya hay universidades privadas con más de 30 años de experiencia en el rubro, creo que no es presuntuoso asumir que alguna cosa bien saben hacer también... No me voy a meter a hablar del lucro o no lucro porque ese es un tema que es tangencial a esta conversación.
Asumo que el talón de aquiles de las universidades privadas, o al menos de varias de ellas, es la diferencia que radica en un proceso de admisión versus un proceso de selección. Las universidades tradicionales, y algunas de las universidades privadas más prestigiosas, o en específico ciertas carreras consideradas de elite, cuentan con una demanda que excede a la oferta (por la razón que sea... ya vamos a eso...) y por lo tanto pueden darse el lujo de rechazar alumnos y seleccionar a aquellos que consideren mejores, por muy discutibles que sean las herramientas para determinar esto. Pero siendo generosos y concediendo que el instrumento de medición, llámese PSU o PAA, como era en mis tiempos, y/o entrevista personal, funciona, entonces es justo asumir que estas universidades o carreras cuentan con mejor "materia prima" y por lo tanto pueden obtener un "mejor producto" al cabo de ciertos años de transformaciones y moldeamientos intelectuales y académicos.
Pero esto es relativamente fácil de lograr. Sin desmerecer a nadie. Si tienes los mejores ingredientes, y una receta standard decente que sigues fielmente, es difícil que eches a perder una comida. El arte está en transformar elementos comunes y corrientes en una obra maestra culinaria, agregándole de paso tu sello personal. Esa es un poco la misión del resto de universidades privadas. Ya que no cuentan con esa demanda cautiva, que les otorga un alto valor y utilidad, muchas veces aceptan nuevos alumnos en forma casi indiscriminada (hasta el más pobre de los chefs debe rechazar la comida descompuesta... aunque soy consciente que no debe faltar el que insiste en preparar el pescado podrido...). Es a estos alumnos, que están lejos de ser considerados (muchas veces injustamente) la crème de la crème, que las universidades privadas deben formar y convertir, con un poco de suerte y mucha dedicación, en obras maestras profesionales.
El punto es el cómo. Como ya mencioné, he pasado por tres universidades privadas. Todas tienen su sello. Tomemos, por ejemplo, la universidad donde pasé 5 años odiando mi vida y estudiando medicina. La llamaremos AB para "proteger su identidad", porque como dicen por ahí, cuando no tienes nada bueno que decir, es mejor callar. Los lectores inteligentes, y aquellos que me conocen, de todas maneras sabrán a cuál me refiero. Por ser esta carrera, se aplica un modelo de selección muy similar al de las universidades tradicionales. Además, sigue un modelo lectivo que usan la mayoría de las universidades tradicionales de nuestro país. Bajo la política del terror, básicamente se dedican a ningunearte, aplastar tu espíritu, tu autoestima y logran que tus únicas alegrías se traduzcan básicamente a sentirte como una cucaracha que sobrevivió Chernobyl.
Después me cambié a ingeniería comercial a la Universidad del Pacífico. Puedo nombrarla con todas sus letras, porque me siento orgullosa de mi universidad y de haber pasado por sus aulas. Además que creo que es el ejemplo más claro que puedo dar para ilustrar mi punto. Mi universidad no es una universidad grande, no tiene un gran prestigio en el mercado (exceptuando carreras como publicidad, y tal vez diseño) y de acuerdo a los rankings, si es que se acuerdan de incluirla, suele estar en el segundo o tercer cuartil. Sin embargo, se merecen toda mi admiración. Sus "debilidades" son en cierta medida también sus fortalezas. Su tamaño hace que no sea conocida, puesto que las generaciones de egresados son minúsculas en comparación a otras grandes entidades académicas del país. Pero también hace que sea mucho más personalizada que cualquiera de las otras "grandes instituciones". Eso sumado a una real preocupación por los alumnos que se traduce en acciones concretas hace que los alumnos realmente evolucionen a través de los años para transformarse en profesionales capaces y preparados.
Los profesores tienen un rol importantísimo en esto. El tamaño de las clases permite contacto directo con el profesor y mejora la relación de aprendizaje. A eso se agrega una administración siempre preocupada, que se refleja en cosas como asignaturas especialmente diseñadas para nivelar a los alumnos en temas que resultan usualmente complejos, en vez de dejar de choquen contra la oscuridad insondable de la ignorancia y los vacíos de conocimiento. Específicamente hablo de Introducción a las Matemáticas, que cubre tópicos de toda la enseñanza media, y evita que las tasas de reprobación en Álgebra se disparen innecesariamente. Se refleja también en programas de apoyo, en horarios adicionales, que refuerzan áreas donde se ve que los alumnos están más débiles, se refleja en la preocupación constante por saber qué está pasando, qué piensan los alumnos, qué necesitan, y ahora que estoy del otro lado, desempeñándome como docente, se refleja también en las directivas que nos dan, y que tienen por objeto apoyar el aprendizaje como objetivo principal por sobre cualquier otra cosa.
Soy una firme convencida que la Universidad del Pacífico podría lograr maravillas con alumnos que pasaran por un proceso de selección más estricto. Así como un chef excelente puede lograr maravillas con carne de Kobe. Pero así como el chef también puede lograr resultados excelentes con cualquier otra carne que no sea de Kobe, mi universidad logra cosas estupendas con los alumnos que tiene, formándolos no sólo como profesionales, sino que más importante aun, como seres humanos. Y que no tienen nada que envidiarle a esos alumnos de base excelente con espíritu de sobrevivientes. Por ahí alguna vez escuché, en relación a un "experimento académico" de Harvard para dilucidar qué método de enseñanza era mejor, que en realidad no era muy válido puesto que sea como sea, estábamos hablando de alumnos de Harvard, y ellos van a lograr buenos resultados con el método que sea. Mi punto es exactamente ese. No podemos desmerecer a esos alumnos de Harvard. No podemos desmerecer a los alumnos de universidades tradicionales, que llegaron ahí por mérito propio. Pero el prejuicio al alumno de la universidad privada debe acabar. La materia prima es sólo una parte a considerar, y en mi opinión, es el proceso lo más importante para determinar el resultado final. El prejuicio puede hacer que te pierdas un plato espectacularmente bueno...

13 febrero 2012

Lancelot y Ginebra - 2 en 1

Soy una persona bastante operada de los nervios. Me angustian y agotan las confrontaciones, aunque disfrute de una buena discusión (ojo que no es lo mismo; discutir puntos de vista, en un plano intelectual, es muy distinto a una confrontación que involucra un distrés emocional). Esto hace que rehuya las peleas y creo que es la clave de mi paciencia. En general, soy muy paciente con muchas cosas (a menos que sea estupidez flagrante, evidente y promocionada). Por ejemplo, cuando me llaman ofreciéndome productos que no quiero ni necesito, soy muy amable hasta que la reiteración se vuelve insostenible. Pero francamente me molesta que uno tenga que enojarse para que te dejen de molestar. ¿Por qué esperar a que una saque a la mujer dragón de adentro para cortar con cosas que evidentemente resultan molestas? Pero hay gente que no entiende a la primera...
Ayer estuve peleando con un amigo por un rato considerable. No voy a entrar en detalles porque no me corresponde andar ventilando problemas ajenos. Voy a decir, sin embargo, que lo que más me agotó no fue la pelea en sí, sino que el hecho de sentir que no me correspondía ser parte de esa pelea, pero aun así no se me daba la opción de escapatoria. Mi amigo me pidió un "consejo", aunque sentí que quería que yo fuera árbitro en su propia discusión interna y finalmente le dijera qué hacer. Es una posición incómoda. Y además me terminó reclamando por retarlo mucho. O sea, me obliga, en contra de mi voluntad, a participar de un tema que no incumbe en lo absoluto, y encima no quiere consecuencias negativas de ningún tipo. Así es muy cómodo para él...
Uno de sus argumentos fue que si yo le pidiera ayuda, él me apoyaría (cosa que dudo... no es precisamente del tipo de persona que apoya... no porque no quiera, sino porque no sabe cómo...). Yo le contesté que si algún día me viera metida en algún tema complejo similar, no lo buscaría. Yo no suelo pedir consejos de cosas importantes. No suelo buscar apoyo. Por complejo que sea el problema, tiendo a mantener mi coflicto interno precisamente de esa manera. Mi poker face es fantástica. Quizás esté mal, o eso he oído, pero a mí me acomoda más así. Siempre he sido de la filosofía de lavar la ropa sucia en casa. Además de que no me gusta hacer preguntas de las cuáles no quiero escuchar la respuesta. Si sé que estoy haciendo algo mal, no necesito que me lo digan porque YA LO SÉ. No hace falta que me lo restrieguen. Y el otro problema es que creo que debo hacerme cargo de mis propias decisiones. No puedo tomar decisiones basada en lo que otros piensan, o creen. Tomo decisiones en base a lo que yo pienso o creo. Si me equivoco, yo me equivoqué. No alguien más. Nadie más que yo puede tener todos los elementos de decisión sobre mi vida. Nadie más puede saber exactamente lo que siento. Pueden tener una idea, más o menos aproximada, pero es sólo eso: una idea. Además, nadie tiene mis vivencias, mis reacciones, mis creencias. Yo soy única (así como todos lo somos) y por lo tanto debo tomar decisiones únicas para mis situaciones únicas. No es una responsabilidad traspasable o delegable.
Sin embargo hay gente que pareciera tener una tremenda necesidad de que le digan qué hacer. Y si no hay nadie que se lo diga, se pierden. Se angustian, se paralizan, no sé. Quizás soy demasiado fuerte (en voluntad y determinación, porque mi fuerza física es bastante desdeñable), pero yo peleo mis propias batallas. Creo que es lo justo. Y de hecho, tengo suficiente fortaleza emocional, como para no pelearlas, sino que "negociarlas". Como dijo Thomas Mann, "la guerra es la salida cobarde a los problemas de la paz". Pero, no por ello, mi fortaleza implica que voy a ser el paladín de guerras ajenas. No es mi rol. Ahora, es cierto que puedo aconsejar, puedo apoyar y puedo acompañar. Pero no asumiré responsabilidad sobre decisiones ajenas. Yo hago lo que quiero, y mi consejo siempre va en la línea de que los demás también lo hagan. Y mi rol de consejera es tratar de ayudar a que descubran qué cresta quieren si es que no lo tienen claro.

26 enero 2012

Desconocidos



Hoy fui a una sucursal de Claro para ver si podía cambiar de equipo telefónico. Al final nunca me enteré, pero tengo la impresión de que no. Según el recepcionista sólo se pueden cambiar los equipos cada 18 meses, y creo que cumpliré ese tiempo por ahí por abril o mayo... Como mencione en una de las entradas anteriores, no soy realmente muy fanática de los teléfonos, pero el celular lo ocupo para básicamente enviar mensajes de texto, que con mi teclado QWERTY resulta muy expedito y para internet. El tema es que quiero un aparato nuevo con un sistema operativo más amigable con aplicaciones como Whatsapp y los juegos de Facebook en los que participo. Idealmente quiero conservar el teclado, y agregar un sistema operativo Android como upgrade a mi situación telefónica móvil actual.

El caso es que le pregunté al de la puerta, que me dijo 18 meses, pero como igual quería consultar con la persona directamente encargada, subí al segundo piso de la sucursal y me encontré con una fila como de una cuadra de largo. Maldita portabilidad. En consecuencia, me di media vuelta y me fui. Volveré en un par de semanas cuando haya pasado el boom de las promociones y los cambios de compañías.

Pero esta entrada no es para contar la fallida historia de mi cambio de equipo telefónico sino una reflexión acerca de los desconocidos. Sucede que en el camino me saludaron dos desconocidos, recibí un par de "piropos" y unos cuantos viejos verdes me quedaron mirando con fijeza. Y ojo, no me estoy quebrando al respecto. Esa clase de situaciones no me producen ni orgullo ni satisfacción de ningún tipo, sino que un sentimiento más parecido al miedo. Creo que me inculcaron demasiado bien el temor a los hombres desconocidos durante mi infancia.

Durante muchos años viví un poco en la inconsciencia con respecto a todo aquello que me rodeaba. Entre lo piti-ciega y lo inmersa que me encontraba en mis propias reflexiones y extenso mundo interior, caminaba por la calle ajena un poco a todo. Generalmente sólo notaba a los desconocidos en casos de gran escándalo, como cuando mi amiga Lola se daba vuelta a insultarlos por decirme cosas. En cierto sentido era ideal. Vivía en un mundo seguro y semi-desierto, donde los únicos habitantes eran mis personas más allegadas, mientras que el resto sólo existían como obstáculos móviles en el camino. Y tampoco quiero decir que yo sea antisocial. De hecho si me presentan a personas nuevas converso y me integro con rapidez, si me invitan a algún lugar nunca se me ocurre de inmediato preguntar quién va porque sé que encontraré a alguien con quien interactuar y no me genera ningún conflicto. Así que insisto: no es de antisocial, es de distraída. Pero bueno, con los años he notado que camino más alerta, menos ensimismada, quizás porque ando más sola y siento que debo ser más cauta. Igual a veces recaigo en mis viejos hábitos de "no ver" a mi alrededor. Es que ya he convertido a la acción de ignorar a los demás en un arte.

Y el tema es que aunque no sea antisocial, los desconocidos me atemorizan. No sé qué quieren, no sé quiénes son, y no me agrada eso. Y aunque parezca una contradicción con lo anterior, donde afirmo que no tengo problemas con conocer gente nueva, en realidad no lo es. Porque la gente nueva, de acuerdo a mi definición, trae una suerte de referencias. Es gente nueva en mis círculos laborales, o académicos, o de alguna actividad extraprogramática en la que participe. O es amigo de mis amigos. La gente en la calle no cae en esas categorías.

Y yo me pregunto cuál es la idea de saludar o piropear a una desconocida por la calle. ¿Pretenderán que me detenga para conversarles? Mi madre siempre me dijo que no hablara con desconocidos. Y aun no lo hago, ni pretendo comenzar a hacerlo...

19 enero 2012

Caballos



Echo de menos los caballos. Muchísimo.

Hoy ví un cambio de guardia, o algo así, en La Moneda (algo inusual, porque eran las 08:30 y esa clase de ceremonias no se producen hasta más avanzada la mañana... seguramente hay un acto especial del cual no me he enterado aun). Salí del metro, y vi la formación de carabineros marchando por Morandé al ritmo de su tradicional marcha, la cuál no puedo evitar tararear en mi cabeza. Cerrando el desfile iban dos parejas de carabineros montados, esperando que les abrieran otra reja para entrar al patio de ceremonias.

Entre paréntesis, me carga que todas las manifestaciones y animadversión reinante haga que el palacio de gobierno esté tan enrejado. Me carga tener que caminar por la vereda de al frente, cuando la otra es mucho más bonita, menos transitada y no tengo que esquivar mamás con niños pequeños, "tías" con megáfonos que tratan de organizarlos, kioskos y vendedoras de flores. Sobretodo porque cuando tengo un libro nuevo tiendo a caminar leyendo, para aprovechar los últimos minutos antes de entrar a trabajar y todos esos obstáculos distraen mi lectura. Pero, anyway, ese no es el punto ahora.

Para cuando llegué a Morandé, los montados ya estaban por entrar. Noté a uno de los caballos un tanto inquieto, mientras que el otro se quedaba un poco rezagado. Mi pensamiento fue que era mala idea que el carabinero rezagado se pusiera detrás del caballo nervioso, cuando justo en ese momento, en que acababan de entrar, el caballo rezagado se encabritó, botó a su jinete y se largó a correr corcoveando por el pasto en frente del Palacio. Hubo una conmoción general, y el público, poco habituado a esta clase de espectáculos se alejaron de las rejas que cercaban el recinto, donde minutos antes estaban observando el espectáculo.

Lo cierto es que probablemente el caballo estaba prendido y requería que lo corrieran un poco antes de montarlo (eso quiere decir que tenía gases, lo cuál les hace sentirse incómodos y nerviosos; cuando corren, "liberan los gases" por decirlo de forma elegante, y se sienten mucho más cómodos y tranquilos). Y el jinete no estaba muy concentrado (para empezar se había quedado rezagado. Si estaba en formación, no debería haberse rezagado). Además, la gente no tenía de qué preocuparse. Sería extremadamente inusual que un caballo se arroje sobre la reja y la gente. Son caballos entrenados, habituados a ser montados en picaderos, y asumen los límites de ellos como algo natural. Por lo menos yo nunca he visto un caballo saltar las rejas de un picadero para salir corriendo fuera de él, aunque muchas veces podría resultarles bastante fácil. Y adicionalmente hay que mencionar que en general los caballos no atacan a la gente. Pueden ocasionar accidentes, y defenderse si se sienten agredidos, pero si están asustados, y esas personas no los han maltratado, tienden más bien a evitar a las personas, que a hacerles daño. Incluso, cuando botan a un jinete, tienden a evitar el pisarlo. Si llegan a hacerlo se retiran de inmediato, sobretodo si se trata de su jinete (que es el que podría estar bajo) porque sienten una lealtad especial por ellos. En el fondo, son como mansos perros grandes...

Ver el "espectáculo" me puso nostálgica. Sí, sé que fue una caída. Pero he presenciado muchas en los años que practiqué equitación. Bastante similares a estas. He protagonizado otras tantas. Y es que como le dije a un niño que indicó que el carabinero caído debía sentirse muy torpe, "jinete que no se cae, no es jinete"... Y a pesar de todo lo que habla y teme la gente, caerse no es tan grave... O sea, claramente puede serlo. Pero es por eso que uno lleva puesto el casquete, monta en un picadero, y debe mantener la concentración como medidas de seguridad. Aun así puede ser insuficiente, pero en la confianza está el riesgo. Los principiantes se caen todo el tiempo. En realidad, uno tiende más a tirarse que a caerse. Cuando ya está más experimentado, ya no se tira, y cuesta más caerse, pero la caída es más fea. Cuando te sacas la ropa, estás lleno de arena y pasas varios días entero adolorido. Pero normalmente no es más grave que eso.

Echo de menos hasta caerme, en verdad. Echo de menos llegar, acariciar a un caballo, ver unos grandes ojos cafés que te miran con cariño, hablar con ellos, cantarles incluso. Echo de menos la conexión.

En equitación se habla de binomios en los concursos. Ese es precisamente el punto. No es como cualquier otro deporte (porque sí, es un deporte... se hace mucho ejercicio y no es sólo quedarse cómodamente sentado mientras el animal hace todo el trabajo... me revienta que la gente asuma, con la convicción que provee la ignorancia, que la equitación es sólo eso. Aclaremos de inmediato que montar a caballo no es lo mismo que andar a caballo, y que los caballos de playa, y el paseo que puedan realizar en ellos no es más deportivo que un paseo cualquiera). En la equitación tú no interactúas con un objeto inerte. En la equitación tú interactúas con un ser vivo. Y ese ser vivo siente, entiende y tiene un carácter que lo hace único. Y como con las personas, a veces hay caballos con los que puedes generar un nexo único, con los que te sientes invencible, con los que podrías hacer cualquier cosa, porque confías en ellos y ellos en ti. Y hay otras veces en que no hay caso, y no logras compatibilizar con él.

Además, como en toda interacción se produce una reciprocidad, y jinete y caballo se influencian mutuamente. Por ejemplo, yo tengo una cualidad que tranquiliza a los seres sensibles (animales, niños, personas sensibles en general, tienden a relajarse y tranquilizarse estando conmigo... debe ser porque yo misma soy relajada). Otras personas, son aceleradas y transmiten eso. El mismo caballo podía montarlo una compañera y andar muy acelerado, y si lo montaba yo, andaba tan tranquilo que a veces parecía que ni se movía. Por eso yo no puedo montar caballos muy tranquilos. Terminamos los dos medio adormecidos.

Yo he tenido varios regalones. Cuando comencé a montar, tenía 15, casi 16 años. Una de mis primeras regalonas fue la Lela. Era una yegua moteada, blanca y colorina, vieja, mañosa, que pateaba y mordía, así que sólo podía ir al final de la fila de alumnos (en clases, uno va en fila india, el que va adelante es el jinete cabeza, y es un honor serlo, porque implica un reconocimiento a tus habilidades como equitador, y porque tienes la responsabilidad sobre el resto de la sección; los caballos son animales gregarios y tienden a seguir al de adelante, por lo que los de atrás la tienen un poco más fácil, y es el jinete cabeza el que debe regular la velocidad de la sección, velar porque nadie se quede muy atrás disminuyendo el paso - la velocidad - y evitando que la sección se contraiga mucho para que no hayan accidentes, y para ello aumenta el paso; además, es el que marca la trayectoria, aunque cada jinete tiene la responsabilidad de preservar la integridad de la ruta y no acortar caminos a menos que esté indicado, e intentar mantener la distancia indicada por el maestro). La Lela conmigo siempre fue un amor. Nunca me botó, ni siquiera se encabritó. A otros los hacía sudar.

Mi segunda regalona se llamaba Huella. Era castaña rojiza, media rubia, con la cara blanca. Pertenecía al Cuadro Verde de Carabineros. Con ella le perdí el miedo a la equitación. Es muy normal que los equitadores pasen por un periodo de miedo al principio, pero si lo superan, el amor por la disciplina es más fuerte que cualquier cosa. En la Huella me caí varias veces, y sin embargo, la quería tanto que no me importaba. Sabía que velaba por mí, y que mis caídas eran más producto de mi inexperiencia que de su actuar. Cuando llegaba a buscarla a su nave (pesebrera) ella conocía mis pasos. Me recibía con suaves relinchos y me daba suaves empujoncitos con la cabeza a modo de cariño. Tengo su foto en mi velador.

Después, dado el "trabajo" de mi protegida, cuando le tocaban presentaciones o cuando se encontraba fuera de servicio por estar dañada en la cruz (tenía la cruz muy alta, que es la apófisis de la vértebra que une el cuello con el lomo, y por roce con la montura a veces se le producían heridas que obligaban a dejarla en reposo para su recuperación. cuando yo la montaba le ponía una protección especial que protegía su cruz y evitaba el daño), comencé a montar al Heraldo, también apodado "El Avión". La razón del apodo es que era incapaz de mantener sus orjas erguidas, y en cambio las tenía hacia los lados, cual alas de avión. Era un caballo muy manso, mulato (negro y café), muy suave de boca, es decir, fácil de guiar con las riendas, aunque tenía un olor particularmente fuerte que dejaba la montura y el auto impregnado a él.

Después me cambié de club y mi regalona se llamaba Hermana. Estuve a punto de comprarla, pero el negociador intentó cosas poco claras, y mi madre desistió, porque no era la forma de hacer negocios. Era una yegua tordilla, es decir con una mezcla de pelos blancos y negros, aunque principalmente blancos, y con unas patas largas, largas.

Cuando me volví a cambiar de club mi último gran amor fue el Acolchado. Tuve otros regalones como el Tambo Solo y el Portezuelo o la Indiana, todos caballos castaños rojizos, pero nunca he vuelto a tener otro regalón como el Acolchado, un hermoso potro mulato, con una raya blanca en la cara, manso a pesar de no estar castrado, y con el que nos entendíamos de maravilla. Tenía la punta de la oreja izquierda partida en dos, desde una vez que lo sangraron en un procedimiento médico. Arriba del Acolchado yo era capaz de cualquier cosa. Juntos eramos imparables, perfectos, como uno solo. Murió de un cólico, una de las más frecuentes causas de mortalidad equina, y yo mandé a hacer una lápida para su tumba.

Tristemente tuve que dejar la equitación. Primero por tiempo, luego por plata, luego por un poco de ambas. Pero me hace falta. Aun en medio de la ciudad, cuando llegas a un club te transportas fuera de ella. Te olvidas de todo, te desconectas de todo. Echo de menos ese contacto con el caballo, ese amor incondicional, esa familiaridad y sencillez.

NECESITO
UN
CABALLO

15 enero 2012

Insolente Juventud



Sí, sí... sé que el título huele a vieja de mierda... pero ¡francamente...! Déjenme ponerlos en contexto, y veremos si no me encuentran la razón.

El otro día volvía del cumpleaños de un amigo, en el metro. Detrás mío iban un par de veinteañeros (ni idea su edad exacta; si bien podían tener 20, quizás tenían 25 o más). Ella era una flaca esquelética y chillona con cero sentido de la moda. Él era un wannabe emo, lo cuál es aun más patético que realmente ser uno.

Ambos estaban ejerciendo el deporte nacional: el pelambre. Llamaron mi atención cuando ella dijo: "es que ella ya está medio pasadita... tiene 29, no... 28, va a cumplir 29, y todavía no tiene un pololo, con auto, que la saque a comer". Menos mal que les estaba dando la espalda, porque me quedé de una pieza. O sea, are you fucking kidding me???

Para empezar, yo tengo 29... y estoy soltera y feliz así. No estoy "medio pasadita" porque no necesito un pololo con auto que me saque a comer. Y esto es porque (a) no necesito que nadie me "saque" así como si fuera una mascota que hay que ponerle una correa para salir a la calle... soy una mujer independiente, que trabaja y que si quiero salir a comer soy perfectamente capaz de decidirlo y hacerlo por mi cuenta sin necesitar que alguien lo decida ni nada... y tengo amigos que son una excelente compañía; (b) el que alguien tenga auto o no, es RIDÍCULAMENTE IRRELEVANTE! Conozco miles de pasteles con auto, y créanme que el auto no les quita lo pasteles; (c) relacionado con lo mismo anterior, conozco muchos pasteles... y es mejor estar solita que mal acompañada. No tener un pololo no me hace menos mujer, ni me complica, ni afecta mi seguridad o mi valor. Pero no voy a seguir protestando al respecto, porque la identificación personal con la aludida, no es lo que realmente me indigna.

Lo que me parece verdaderamente indignante es como con una sola frase, una mujer es capaz de borrar décadas de emancipación y de lucha por la igualdad. Y créanme, no soy feminista, pero más que mal, estamos en el siglo XXI. Creo que los tiempos en que las mujeres necesitabamos estar casadas para sentirnos realizadas, es cosa del siglo pasado...

But I should know better... Después de todo, dada mi ascendencia italiana, provengo de un entorno que es bastante machista. Un entorno donde el concepto de mamma italiana está fuertemente arraigado. Eso implica que la mujer básicamente tiene que ser una súper madre, idealmente dedicada las 24 horas a la crianza, a llevar y traer a los niños a sus clases de fútbol, de ballet, de natación y de pintura, además de ser una excelente cocinera, y en resumen, una mujer cuyos hijos y hogar son el reflejo de su realización como mujer. Cierto que ahora las mujeres trabajan. Aun así tiene que encontrar la forma de ser una figura importante en su hogar, y de no serlo, eso sólo es perdonable si es "reemplazada" por la abuela de los niños, o alguna otra mujer de la famiglia. De todo esto, se subentiende que las mujeres deben casarse y tener hijos, y esa debe ser su prioridad en la vida.

En mi colegio, en clases de técnicas manuales nos dividían en hombres y mujeres. Y la sala de las mujeres decía sospechosamente afuera "Economía Doméstica". Nos enseñaban a coser, a cocinar y a tejer ropa de guagua.

Y está bien. Es decir, no puedo sustraerme del todo a mi cultura heredada. Sin embargo, también sé que los tiempos cambian. Y sé que necesito más que casarme y tener hijos para ser feliz. Que de hecho, un matrimonio e hijos no garantizan mi felicidad (así como no tenerlos tampoco la garantiza). Porque al final lo único que garantiza la felicidad es permanecer fieles a sí mismos, para no arrepentirse de las decisiones que tomas en la vida.

Mi machismo se extiende sólo a un tema de roles. Aprecio un hombre fuerte, con los pantalones bien puestos. Un hombre que asuma que tiene el rol de proveedor principal (y ojo, no dije "único"), así como su rol de padre (que es muy diferente al rol de una madre). Pero no aceptaría un hombre que me invalide como mujer. Que yo entienda mi rol de mujer en hogar como dueña de casa y madre (sin invalidar mi rol de profesional, que es independiente de mi género), no implica que permita que por eso se me desprecie como persona. Un verdadero hombre tiene que reconocer el valor de quien tiene al lado. El tratar de aplastar a quien tienes de compañero sólo habla de inseguridad, y la necesidad de ser alguien por encima de otro, y eso no es compatible con la meta de formar un verdadero hogar basado en el respeto y la confianza entre todos sus miembros.

Además, soy lo suficientemente emancipada para no tener que validar mi posición oponiéndome a todo lo que creo que históricamente ha sido asociado a una mujer. No le tengo miedo a la cocina. De hecho, me encanta la cocina. Creo que es una excelente forma de demostrar cariño y preocupación. En cuanto al resto de las tareas del hogar, no me gusta hacer aseo, y no sé planchar. Pero creo que si tengo que hacerlo, lo haré y aprenderé. Y si se puede, para eso existe una oferta amplia de asistentes del hogar.

Lo que me choca es escuchar esa clase de comentarios. Donde la gente juzga de una manera tan liviana el valor de una persona por el supuesto valor de una pareja. ¿Cómo podemos avanzar tanto en cuanto a respeto y dignidad humana, y la juventud con su insolencia e inconsciencia característica, ignorar todos esos avances con una sola frase? Y encima, una congéner... Bien dicen que las mujeres somos poco leales entre nosotras...